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Pixar se despacha con una historia familiar bien a la mexicana, y nos emociona hasta las lágrimas.

No vamos a negar que gran parte de las películas de Pixar se rigen por un mismo formato. La misma que comparten otras historias animadas, y aquellas que no lo son, porque “el viaje” en sí, es una de las estructuras (y metáforas) más antiguas de la narrativa. Los protagonistas del estudio de la lamparita (ya sean juguetes, autitos, peces o emociones) suelen perderse, y alejados de su hogar encuentran aventuras, pero en esa búsqueda por encontrar el camino de regreso, también encuentran identidad y ese propósito que andaban necesitando, muchas veces, sin siquiera saberlo.

Lo más importante no es tanto el cómo, sino los temas que

estas odiseas traen aparejados. En el caso de “Coco”

(2017), Lee Unkrich (“Toy Story 3”) y el debutante Adrian

Molina se la juegan e introducen el concepto de la muerte

como celebración y no tanto como golpe bajo, al que tan

mal nos tiene acostumbrados la compañía del ratón. Para

ello, los realizadores tuvieron que mirar para otro lado,

y otra cultura, y quienes mejores que los mexicanos con

sus tradiciones y su Día de los Muertos para ambientar

una de las aventuras más coloridas y emotivas del estudio.

El tema de la muerte y esta celebración tan particular ya habían sido explorados por Jorge R. Gutiérrez en “El Libro de la Vida” (The Book of Life, 2014), pero a pesar de lo que muchos quieren creer, “Coco” no guarda similitudes con esa gran película animada, más allá de algunas referencias culturales.   

 

                                                               Desde su título, “Coco” (la bisabuela del pequeño

                                                               protagonista) nos dice que esta historia viene por

                                                               el lado familiar, el legado muchas veces

                                                               imborrable, y esas costumbres que no podemos

                                                               dejar pasar, aunque hagamos nuestro mayor

                                                               esfuerzo.

Los Rivera son una familia enorme y muy unida dedicada a la fabricación de zapatos, una “tradición” que comenzó con mamá Imelda tras ser abandonada por su marido, un músico que partió para hacer realidad sus sueños. De ahí, que las melodías de cualquier tipo estén prohibidas en la casa Rivera desde hace varias generaciones, una negativa que va en contra de todos los impulsos de Miguel, pequeñito que anhela con convertirse en estrella, al igual que su ídolo Ernesto de la Cruz (Benjamin Bratt), el músico más grande de la historia mexicana, justamente, oriundo de Santa Cecilia, este ficticio pueblito.

Miguel está dispuesto a romper las reglas y probar

suerte en un concurso de talentos que se lleva a

cabo el Día de los Muertos, un día especial para

pasarlo en familia y recordar (y reencontrarse) con

aquellos que ya no forman parte del mundo de los

vivos. La tradición dicta que en la ofrenda deben

estar las fotos de los seres queridos, así pueden

encontrar el camino a casa. Pero sin querer queriendo,

el nene descubre un supuesto secreto sobre el pasado

de los Rivera, y decide robar la guitarra del fallecido

De la Cruz para participar en el concurso.

 

Ahí es donde entra en juego la fantasía pixariana.

Con el primer acorde, Miguel queda atrapado entre

los dos mundos, y debe viajar a la Tierra de los

Muertos para recibir la bendición familiar y poder

volver a casa con los suyos. Nada fácil, ya que

la aprobación tiene que venir de parte de mamá

Imelda, que no pudo visitar a su familia por culpa de

Miguel y quien, obviamente, no aprueba su gusto

por la música. El nene pasa al plan B: conseguir la

ayuda de Héctor (Gael García Bernal), un simpático

esqueleto embustero quien promete llevarlo con

De la Cruz (para Miguel, su tatarabuelo), a cambio

de que ponga su foto en la ofrenda y que no “muera”

en el olvido.

 

Las reglas son simples, si del otro lado no hay nadie que los recuerde, los espíritus se van para siempre, y por eso el tiempo de Héctor es crucial, así como el del nene que debe volver a casa antes del amanecer, si no quiere convertirse en esqueleto.

 

Lo que sigue es pura aventura llena de colores, rancheras y referencias mexicanas. Pixar se la juega de lleno con la cultura latinoamericana con un respeto poco visto, más si tenemos en cuenta la estereotipada historia de Walt Disney. Michael Giacchino, Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez son los responsables de cada una de las canciones, cruciales para esta historia, la más musical en el repertorio del estudio. Pero la idiosincrasia latina, la unión familiar tan propia de nuestra parte del continente, y los aspectos más tradicionales son la verdadera columna vertebral de este relato que no nos puede resultar indiferente.  

 

Lo de Anthony Gonzalez como Miguel es

maravillosamente auténtico, pero lo mejor

de todo es cuando su protagonismo se

convierte en nexo entre presente y pasado,

con la intensión de cambiar el futuro.   

 

“Coco” tiene un poco para cada uno: humor (aunque esta vez la cultura pop queda reemplazada por la mexicana de forma genial, incluyendo artistas y su propia historia del cine), canciones pegadizas y lacrimógenas, un poco de misterio (¿y trama policial?) y esta hermosa ventana hacia algunas tradiciones que no conocemos. La Tierra de los Muertos es caótica, colorida e imparcial, tanto así que Unkrich y Molina se atreven a poner pequeñines tan curiosos e hiperquinéticos como cuando estaban con vida. Tal vez, la estructura sigue siendo la misma –el viaje y el regreso a casa-, pero son los pequeños detalles que van apareciendo por el camino, lo que sigue aportando originalidad, ternura y reflexión (ni hablemos de los pañuelos que gastamos en el proceso) a un género que, en su versión más mainstream, no logra escapar de los animalitos parlanchines, las moralejas deslucidas y todos los lugares comunes.

Por: Jessica Blady, 10 de enero de 2018.

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